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Memorias de una geisha US $19.50
por Mi libro usado Fecha Alta: sábado 06 octubre, 2007
CAPÍTULO UNO
Imagínate que tú y yo estuviéramos sentados en una apacible estancia con vistas a un jardín, tomando té y charlando sobre unas cosas que pasaron hace mucho, mucho tiempo, y yo te dijera: «El día que conocí a fulano de tal... fue el mejor día de mi vida y también el peor». Supongo que dejarías la taza sobre la mesa y dirías: «¿En qué quedamos? ¿Fue el mejor o el peor?». Tratándose de otra situación, me habría reído de mis palabras y te habría dado la razón. Pero la verdad es que el día que conocí al señor Tanaka Ichiro fue de verdad el mejor y el peor día de mi vida. Me fascinó, incluso el olor a pescado de sus manos me pareció un perfume. De no haberlo conocido, nunca hubiera sido geisha.
No nací ni me eduqué para ser una de las famosas geishas de Kioto. Ni siquiera nací en Kioto. Soy hija de un pescador de Yoroido, un pueblecito de la costa del Mar de Japón. En toda mi vida, no habré hablado de Yoroido, ni tampoco de la casa en la que pasé mi infancia o de mis padres o de mi hermana mayor, ni desde luego de cómo me hice geisha o de cómo te sientes siéndolo, con más de media docena de personas. La mayoría de la gente prefiere seguir imaginándose que mi madre y mi abuela fueron también geishas y que yo empecé a prepararme para serlo en cuanto me destetaron, y otras fantasías por el estilo. En realidad, un día, hace muchos años, le estaba sirviendo sake a un hombre que mencionó de pasada que había estado en Yoroido la semana anterior. Me sentí como se debe de sentir un pájaro al encontrarse al otro lado del océano con una criatura que conoce su nido. Me quedé tan sorprendida que no pude contenerme y le dije:
—¡Yoroido! De ahí soy yo.
¡Pobre hombre! Su cara se convirtió en un muestrario de muecas. Hizo todo lo posible por sonreír, sin conseguirlo, porque no podía dejar de mostrar una turbada sorpresa.
—¿Yoroido? Seguro que no estamos hablando del mismo lugar.
Para entonces ya hacía mucho tiempo que yo había desarrollado mi «sonrisa Noh»; la llamo así porque cuando la pongo parezco una máscara del teatro Noh, de esas que son totalmente hieráticas. La ventaja que tiene es que los hombres la interpretan como quieren; no te puedes imaginar lo útil que me ha sido. En ese momento pensé que lo mejor sería usarla, y como era de esperar, funcionó. El hombre suspiró profundamente y se bebió de un trago la copa de sake que acababa de servirle. Luego soltó una enorme carcajada, de alivio, creo yo, más que de otra cosa.
—¡Qué idea! —dijo, soltando otra carcajada—. ¡Tú de un poblacho como Yoroido! Eso sería como pensar en hacer té en un cubo —y cuando volvió a reírse, me dijo—: Por eso eres tan divertida, Sayuri-san. A veces casi consigues que me tome en serio las bromitas que me haces.
No es que me guste mucho pensar que soy como un cubo de té, pero supongo que en cierta medida es cierto. Después de todo, me crié en Yoroido, y nadie se atrevería a decir que es un lugar con glamour. Casi nunca va nadie por allí. Y la gente de allí no tiene muchas oportunidades de irse. Probablemente te estés preguntando cómo lo conseguí yo. Ahí empieza mi historia.
* * *
La casa en la que vivíamos en el pequeño puerto de Yoroido era una «casita piripi», como la llamaba yo entonces. Estaba junto a un acantilado donde soplaba constantemente el viento del océano. De niña, pensaba que el mar estaba siempre acatarrado, porque jadeaba constantemente, salvo cuando se quedaba como sin respiración, antes de soltar uno de sus grandes estornudos —lo que equivale a decir que de pronto soplaban ráfagas tremendas acompañadas de agua de mar pulverizada—. Decidí que nuestra casita se habría ofendido de que el océano le estornudara en la cara cada dos por tres y empezó a torcerse para quitarse del medio. Probablemente hubiera terminado derrumbándose de no ser porque mi padre la apuntaló con un madero que rescató de un barco de pesca naufragado. De este modo, la casa parecía un viejo borracho apoyado en una muleta.
Mi vida en la casita piripi también estaba un poco torcida. Como desde muy niña me parecí mucho a mi madre y apenas nada a mi padre o a mi hermana mayor, mi madre decía que estábamos hechas iguales —y era verdad que las dos teníamos unos ojos peculiares, de un color que casi nunca se ve en Japón—. En lugar de castaño oscuro, los ojos de mi madre eran de un gris translúcido, y los míos son exactamente iguales. Siendo niña le dije una vez a mi madre que alguien le había hecho un agujerito en los ojos y que se les había salido toda la tinta, y ella pensó que era una ocurrencia la mar de graciosa. Los videntes decían que sus ojos eran tan pálidos porque había demasiada agua en su personalidad, tanta que los otros cuatro elementos apenas estaban presentes, y por eso, explicaban, combinaban tan mal sus rasgos. La gente del pueblo decía que tendría que haber sido extremadamente atractiva, porque sus padres habían sido muy guapos. Pues bien, los melocotones tienen un sabor exquisito, lo mismo que las setas, pero no Se pueden combinar; ésa era la jugarreta que le había gastado la naturaleza. Tenía la boquita bien formada de su madre, pero la angulosa mandíbula de su padre, lo que daba la impresión de una delicada pintura enmarcada con un marco demasiado pesado. Y sus hermosos ojos grises estaban cercados por unas pestañas extremadamente espesas que en el caso de su padre debían de ser sorprendentes, pero en el suyo hacían que pareciera siempre espantada.
Mi madre siempre decía que se había casado con mi padre porque ella tenía demasiada agua en su personalidad y mi padre demasiada madera en la suya. La gente que conocía a mi padre enseguida entendía a qué se refería mi madre. El agua mana veloz de un lugar a otro y siempre encuentra una rendija por la que salir. La madera, por su parte, se agarra fuerte a la tierra. En el caso de mi padre esto era bueno, porque era pescador, y un hombre con madera en su personalidad se encuentra cómodo en el mar. En realidad, mi padre se encontraba mejor en el mar que en cualquier otro sitio, y nunca se alejaba mucho de él. Olía a mar incluso después de lavarse. Cuando no estaba pescando, se sentaba en el suelo de nuestra oscura casita y remendaba las redes. Y si la red hubiera sido una criatura dormida ni siquiera la habría despertado, tal era la lentitud con la que trabajaba. Lo hacía todo así de despacio. Incluso cuando intentaba poner cara de concentración, podías salir fuera y vaciar el barreño en el tiempo que le llevaba a él recolocar sus rasgos. Tenía la cara llena de arrugas, y en cada arruga había escondido una preocupación u otra, de modo que había dejado de ser su cara y más bien parecía un árbol con nidos de pájaros en todas las ramas. Tenía que luchar constantemente para dominarla, y siempre parecía agotado por el esfuerzo.
Cuando tenía seis o siete años, me enteré de algo referente a mi padre que hasta entonces había ignorado. Un día le pregunté: «Papá, ¿por qué eres tan viejo?». Él arqueó las cejas, de modo que tomaron la forma de unos pequeños paraguas caídos sobre sus ojos. Y luego suspiró largamente, movió la cabeza y dijo: «No lo sé». Cuando me volví a mi madre, ella me lanzó una mirada que significaba que respondería a mi pregunta en otro momento. Al día siguiente, sin darme ninguna explicación, me llevó con ella colina abajo, hacia el pueblo, pero antes de llegar torcimos en el camino que lleva al cementerio, en el bosque. Allí me condujo a tres sepulturas juntas en una esquina y marcadas cada una con un poste más alto que yo. Tenían unas austeras inscripciones escritas de arriba abajo, pero yo no había ido a la escuela del pueblo lo bastante para saber dónde acababa una y empezaba la siguiente. Mi madre los señaló y dijo: «Natsu, esposa de Sakamoto Minoru». Sakamoto Minoru era el nombre de mi padre. «Fallecida, a los veinticuatro años, en el año decimonoveno de Meiji.» Luego señaló la siguiente: «Jinichiro, hijo de Sakamoto Minoru, fallecido, a los seis años, en el año decimonoveno de Meiji», y la siguiente, que era idéntica a las otras dos, salvo por el nombre, Masao, y la edad, tres años. Me llevó un rato comprender que mi padre había estado casado antes, hacía mucho tiempo, y que toda su familia había muerto. No mucho después volví a visitar las sepulturas y descubrí que la tristeza es un peso difícil de llevar. Mi cuerpo pesaba el doble que un momento antes, como si aquellas sepulturas tiraran de mí.
Con toda aquella agua y toda aquella madera, el equilibrio tendría que haber sido perfecto, y mis padres tendrían que haber engendrado hijos con la proporción adecuada de cada elemento. Seguro que se sorprendieron al ver que habían terminado teniendo una de cada. Pues no sólo yo me parecía a mi madre y había heredado incluso sus extraños ojos, sino que mi hermana, Satsu, se parecía a mi padre como una gota de agua a otra. Satsu tenía seis años más que yo, y, claro, al ser mayor, le dejaban hacer cosas que a mí todavía me estaban prohibidas. Pero Satsu tenía la virtud de hacerlo todo de tal forma que parecía una completa casualidad. Por ejemplo, si le pedías que te sirviera un cuenco de sopa de la olla puesta en el fogón, lo hacía, pero de tal modo que parecía que la sopa se había derramado y, por suerte, había caído en el cuenco. Una vez incluso se cortó con un pescado. Y no es que se cortara con un cuchillo limpiando un pescado. Qué va. Subía la cuesta desde el pueblo con un pescado envuelto en papel, y se l escurrió y cayó de tal forma que le dio en la pierna y le cortó con una de las aletas.

Evaluación: 4 de 5 Estrellas! [4 de 5 Estrellas!]
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